[Nfbespanol-talk] De Que Color Es el Sol, Segunda Parte 

Frida Aizenman aizenman at earthlink.net
Sun May 18 18:12:24 CDT 2008


¿De Que Color Es el Sol?

 

Traducido por Angela Ugarte

 

SEGUNDA PARTE

 

EL REINO ENCANTADO: REFLECCIONES SOBRE EL LIBRO HABLADO

 

por Barbara Pierce

 

De Que Color Es el Sol

 

 

Comentario de la Presente Historia

Por el Editor, Doctor Kenneth Jernigan

 

Tal como dijo el poeta Robert Service, hay un hambre "no la del estómago que satisface con tocino, y con frijoles." Sino que la clase de hambre de una niña ciega que quiere tener contacto con el mundo que la rodea. Barbara Pierce es la esposa de un professor universitario, madre de tres hijos inteligentes, y bien ajustados a una temprana edad adulta, y presidenta de la Federación Nacional de Ciegos de Ohio. A trabajado también como subdirectora escolar de Oberlin College, pero ella se acuerda. Que no todo fué siempre así. Cuando yo tenía nueve años, un día mi padre vino del trabajo trayendo una caja grande, y pesada. A mi hermano, y a mi nos consumía la curiosidad, y mi presunción e ingreimiento no tuvieron límites cuando él explicó que la caja era para mí. Nada, sin embargo, me pudo aber preparado para la revolución que la caja gris causaría en mi vida. 

 

Era el año de 1954, y la caja era un tocadisco para Libros Hablados de La Bibliotéca del Congreso. Si el presidente en persona me huviera regalado esa máquina, no habría estado tan sorprendida. Ahora sé, que dos años antes el Congreso había enmendado el Acta-Pratt-Smoot para incluir a los niños en el Programa del Libro Hablado.

 

Pero tal como recuerdo el discurso que me dieron ese día, arreglos especiales habían sido hechos [Yo estaba segura que estos arreglos habían sido hechos al más alto nivel del govierno], ese día decidido que me permitieran leer libros en discos porque todos savían la niña cuidadosa y responsable que yo era. Si no operaba la máquina en la forma debida (catastrofe inconcebible) o si rompía alguno de los discos, ningún otro niño podría jamás hacer uso del privilegio que yo veía ahora brillando en mi horizonte.

 

El tocadisco fué instalado en el dormitorio de la planta baja, y yo empecé a leer. "El Corsario" por Gordon Daviot, "Hombrecitos" por Louisa May Alcott, y "Bendice Esta Casa" por Norah Lofts: estos fueron los primeros tres libros. Me promet'í a mí misma que me iba a memorizar el autor de cada libro que leyera y el orden en que había deborado sus obras. Lo hice muy bien durante los primeros veinte libros o algo así, pero entonces empecé a comprender realmente cuantos libros una persona podía leer, y mis buenas intenciones se disolvieron. Una semana más tarde la máquina de los Libros Hablados fué puesta en mi cuarto para que el resto de la familia no tuviera que estar escuchando a la par mía. Mi dormitorio nunca tenía suficiente calefacción, y ese invierno no podía mantener las manos calientes más que poniéndolas encima de la luz roja resplandeciente que indicaba que el motor de la máquina estaba encendido. Tuve suerte que en los años cincuenta esos tocadiscos expulsaron tanto calor; de lo contrario la helada huviera encontrado una víctima contenta. Hasta ese día intoxicante en que el programa del Libro Hablado llegó a mi vida, yo había tenido dos alternativas cuando quería o necesitaba leer un libro. Primero, podía ponerme un par de anteojos pesados con un aumento tremendo en uno de los lentes; inclinarme sobre la página impresa donde huviera luz brillante; y esforsarme a ver letra por letra para desifrar el texto, resando por que huviera una ilustración o, major dicho, muchas ilustraciones para que ocuparan el espacio.

 

Mi otra alternativa era esperar por un miembro de la familia. Mi hermano, que tenía siete años en ese entonces, era bueno para leer las revistas de tiras cómicas y nada más. Desgraciadamente, a él le gustaba más Supermán, y yo prefería Scrooge McDuck. Sus abilidades verbales eran puestas a prueba agudamente cuando tenía que describir las ilustraciones, y en total si podía conseguir a mis padres, Bobby me satisfacía menos que ellos.

 

Ya había leído Heidi y La Telaraña de Charlotte en intervalos de diez minutos, el método de mi madre para hacerme hacer los desdichados ejersicios para los ojos todos los días. Mis padres eran generosos con su tiempo, pero ya me estaban ayudando con toda mi cuantiosa tarea escolar. Por eso habían límites para saber hasta donde podía pedir ayuda. Así es que la máquina para los Libros Hablados y aquellos discos maravillosos de doce pulgadas tocados a 33 1/3 propulciones por minuto en realidad cambiaron mi vida. Yo era la emvidia de mis compañeros de clase. No perdiendo el tiempo en tales inconveniencias como eran el vocabulario, y la ortografía. Navegué en aguas desconocidas más allá de mis años. Los profesores podían fácilmente estar deslumbrados por los reportes o los trabajos de Dickens, Hawthorne, y Dostoyevsky. Estaban tan bien aquellos pasajes ocacionales que yo encontraba luminosos, pero los cuales savía instintivamente que lo major era que mis padres no los huvieran alcansado a oír.

 

Ahora sé que, si me huvieran ofrecido el Braille en los años de mi formación, hoy sería una persona mucho más educada, pero tuvieron que pasar veinte años más antes de que yo supiera de la Federación Nacional de Ciegos, y no hubo nadie en mi vida que me pudiera aconsejar que el Braille era esencial para mi educación.

 

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Un Libro KERNEL publicado por La FEDERACIÓN NACIONAL DE CIEGOS

 

Copyright ©1991 por La Federación Nacional de Ciegos 

 

ISBN 0-9624122-2-8

Todos los Derechos Reservados.

Impreso en los Estados Unidos de Norte America

 
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