[Nfbespanol-talk] De Que Color Es el Sol, Primera Parte
Frida Aizenman
aizenman at earthlink.net
Mon May 5 22:42:04 CDT 2008
¿De Que Color Es el Sol?
Traducido por Angela Ugarte
PRIMERA PARTE
De Que Color Es el Sol
Editor, Kenneth Jernigan
INTRODUCCIÓN DEL EDITOR
por Kenneth Jernigan
En los últimos veinte años me han entrevistado en la radio, en la televisión, y en la prensa escrita como representante de la Federación Nacional de Ciegos, National Federation of the Blind, y últimamente algo especial me ha venido sucediendo con bastante frecuencia lo cual yo podría averlo anticipado pero no lo hice. Personas totalmente desconocidas me han detenido en la calle, en los supermercados, o en los aeropuertos para preguntarme acerca de la ceguera. Bueno, no de lo que la ceguera como tal, sino de lo que se siente cuando se es ciego. Es decir, de las experiencias y de lo que sucede en la vida diaria a las personas ciegas. Yo hago lo mejor que puedo para explicárselo pero lo que pasa es que generalmente ni ellos ni yo disponemos del tiempo necesario para que yo lo pueda hacer de manera satisfactoria.
Con este libro intento remediar esa situación aunque no creo que pueda hacerlo a mi entera satisfacción. Pero sin duda será mucho mejor que el hacerlo brevemente en un supermercado. Las personas que aparecen en la página de este libro son personas que yo conozco como amigos, exalumnos, o colegas de la Federación Nacional de Ciegos. La mayoría de ellos cuentan sus propias historias las cuales provienen de mujeres y hombres corrientes que piensan acerca de la cena de la noche, de los impuestos que tienen que pagar hoy, o de las esperanzas y sueños del mañana. Estas personas son las que yo creo que ustedes quisieran conocer y por eso se las presento. Así como también les platico de mi mismo. Espero que cuando terminen de leer estas reminisencias personales, ustedes tengan una mejor idea de lo que es ser ciego, y como una persona ciega siente. Por lo jeneral, nosotros sentimos que actuamos en la misma forma que ustedes lo hacen.
Kenneth Jernigan
Baltimore, Maryland
1991
CRECIENDO COMO CIEGO EN TENNESSEE DURANTE LA DEPRESIÓN
por Kenneth Jernigan
Crecí durante la depresión en una granja en la parte central de Tennessee. Primero, vino la depresión agrícola, luego la otra depresión que es de la que todo el mundo habla. La vida de ese entonces no era como es hoy en día. Mi padre, (aunque inteligente) fué a la escuela menos de dos semanas. Mi madre, (por lo menos igual de inteligente) no terminó el octavo grado. En nuestra casa no habían más libros que la Biblia familiar, y tampoco recibíamos ningún periódico o revistas. No teníamos radio; ni había teléfono; y hasta que yo tuve seis años, no tuvimos automóbil. Era en los principios de los años treinta y el dinero era escaso. (Cuando teníamos) puercos nos producían dos centavos por libra; así como cualquier otra cosa que tuviéramos para vender nos proporcionaba un precio igualmente bajo.
Yo crecí en una forma aislada. Con esepción de aquellos ancianos que tenían problemas visuales, yo era la única persona ciega en muchas millas a la redonda. Mis experiencias no fueron en ninguna forma similares a las de los niños que yo conocía, y que podían ver. Hasta que cumplí seis años, por lo general no tenía nada que hacer ni nadie con quien jugar. Algunas veces los domingos mi familia y yo íbamos a la casa de uno de mis abuelos a almorzar, y estar con ellos durante el día. Me acuerdo de esos días tan claramente.
Los hombres (recuérdense que estamos hablando del Tennessee rurál de principios de los treinta) se sentaban a la sombra de los árboles en el jardín del frente de la casa, y platicaban de las cosechas, del tiempo, y del precio de los cerdos. Las mujeres se quedaban en la cocina preparando la comida del domingo, y platicando acerca de los niños, de lo que los vecinos hacían, y de sus jardines.
Los niños y niñas (por lo general, un grupo grande de primos, se reunía allí en tales ocasiones) se encontraban en el corral jugando al escondite, a alcansar, y tocar, o cualquier otro juego. Yo no pertenecía a ninguno de esos grupos. Me mobía de un lado para otro marginado esperando impacientemente que el día terminara. Algo más: nadie tenía inodoros adentro de las casas. Así es que si yo savía que íbamos a alguna parte para la comida del domingo, tenía que empezar el día anterior a reducir la toma de líquidos. Es vergonsoso para un niño de cinco años el tener que interrumpir a los hombres que están bajo la sombra de los árboles y preguntar si hay alguen que lo pueda llevar detrás del granero.
Estoy seguro que cada una de las personas que asistió a esas reuniones se quedó con diferentes recuerdos los cuales permanecieron através de los años, los juegos infantiles, las pláticas de los hombres bajo los árboles, o el intercambio de confidencias de las mujeres en la cocina. Yo, efectivamente, me quedé con los míos. Ellos giraban al rededor de una bejiga llena, y un día de aburrimiento. Con ello no quiero decir que me sentí abusado, o maltratado. Más bien, reconocí (aún a esta temprana edad) que el mundo era tal como es; que nadie estaba en contra mía, y que si quería tener una vida completa lo mejor era que empezara a planear y a pensar con anticipación.
Mis padres me querían, pero no savían como lidiar con un niño ciego. Savían que deseaban lo mejor para mí, y yo sabía que querían salir de ese medioambiente limitado. Cada vez que podía, conseguía que alguien me leyera. ¿Leyera que? Cualquier cosa. Cualquier cosa que yo pudiera conseguir. Molestaba, y fastidiaba para conseguir a alguien que me pudiera leer lo que estuviera disponible, como por ejemplo, la Biblia, o un libro annual de agricultura, una parte del periódico, o el catálogo de Sears Roebuck. No importaba lo que fuera. La lectura era mágica, y abría nuevos mundos.
Me acuerdo de la alegría que sentía alegría que llegaba al asombro, y a la veneración cuando en ese tiempo me dejaban visitar a una tía que tenía libros en su casa. Fué su hija, (mi prima) de quien oí por primera vez los cuentos de adas del libro Del Conocimiento, un tesoro que desafortunadamente muchos de los niños de esta época no han leído. A mi prima le encantaba leer, y era pasiente, y amable. Pero sé que yo ponía más que a prueva su pasiencia con mi insaciable apetito. Su lectura nunca era suficiente. Siempre recentía el tener que regresar a la casa, y buscaba cualquier excusa para que mis padres me dejaran estar más tiempo.
Yo quería mucho a mi tía; me facinaba el radio que tenía; y disfrutaba su maravillosa cocina, pero la mejor atracción para mí, era la lectura. Mi tía murió yah ace mucho tiempo, y por su puesto que nunca le dije cual había sido mi principal interés. No cabe duda que por esa razón es que quizás nunca me lo he podido quitar de la mente, como se pueden imaginar, yo quería ir a la escuela tan pronto como fuera possible, y no lo tuve en secreto, pero uno tenía que tener seis años, y cuando decían seis, eran seis. La escuela empezaba en septiembre, y yo cumplía seis años hasta noviembre de 1932. Así es que, no me dejaron empezar la escuela sino que hasta el siguiente trimestre. el nueve de enero de 1933. Mis padres me subieron en un carro (Chevy de segunda mano comprado especialmente para la ocasión con ahorros hechos con muchos sacrificios) y me llevaron al internado de la escuela para ciegos de Nashville a cincuenta millas de distancia. Entré a la escuela a principios de enero de 1933 y no salí hasta el Domingo de Resurección cuando mis padres me llevaron a la casa para ese fín de semana.
Ese primer año en la escuela para ciegos en Nashville fué una verdadera experiencia para mí. Nunca había estado lejos de mis padres por ningún periódo de tiempo en toda mi vida, y de repente, caí entre otros venticinco niños, que (aunque tenían ciertas características culturales en común) sus antecedentes eran diferentes, y venían de medios ambientes muy diversos.
A la señora que estaba a cargo de nosotros, la llamábamos supervisora. (Nos huviéramos sentido ultrajados, y humillados con el término de "madre directora.") Era una persona muy gentíl, viuda de un Médico; y de avanzada edad. Hacía lo mejor que podía por enseñarnos buenas maneras, y moralidad, mantenernos en orden, y educarnos correctamente.
Pero, aún y cuando huviera tenido la vendidad investigadora de un Sherlock Holmes, y la energía de un atleta joven y fuerte, no huviera podido controlarnos a todos al mismo tiempo. Aunque obedecíamos sus reglas, y sufríamos las consecuencias cuando no lo hacíamos, es decir, cuando nos descubría, (Tengo que mencionar que una paleta fuerte estaba siempre a la vista), fundamentalmente nosotros hacíamos nuestros propios reglamentos y nos controlábamos, por lo menos en asuntos relacionados con la interacción social.
Una de las costumbres más dignas de mencionarse en la escuela, era un ritual del sábado por la mañana que comprendía las sagradas escrituras. Un poco después del desayuno, los niños pequeños, (No sé que era lo que les pasaba a las niñas), eran sentados en las bancas, y tenían que memorizarse un capítulo de la Biblia. No ayudaba en nada el protestar, queloquetar, o el tratar de resistir. Uno se sentaba allí hasta que se lo memorizaba, después de lo cual quedaba en libertad de irse a jugar.
La religión de cada quien no tenía nada que ver con esto, ni tampoco el interés o la actitud de cada uno. Cuando terminaba la tarea, podía ir donde quiciera, y hacer lo que le gustaba. Antes, no se podía. Cualquier tiempo que se desperdiciara en tratar de evadir al sistema, no era más que esa misma cantidad de tiempo perdido durante la mañana.
Supongo que no tengo que decirles que rápidamente llegué a la conclusión de aprender mi capítulo con la menor demora lo cual hice religiosamente. (sin enpentár palabras) como resultado, desde entonces he sido un devoto relator de la Biblia, y puedo añadir además que ha sido para mi beneficio y satisfacción. Bueno, cuando somos niños, no estamos siempre en la mejor posición de saber que es lo que será de más provecho para nosotros. En la casa de la granja, mi familia se levantaba temprano. Muy amenudo a las cuatro de la mañana. Mi padre iba al establo a dar de comer al Ganado, y a ordeñar las bacas mientras mi madre encendía el fuego en la cocina de leña, y preparaba el desayuno. Después de comer, y cuando había luz, mi padre ya estaba en el campo para empezar su día de trabajo. Yo me levantaba cuando los otros lo hacían, pues la mesa era un lugar donde yo era igual al resto de la familia. No compartía solamente el alimento sino que una parte importante del ritual, y la rutina diaria. Era un tiempo en el que todos estábamos juntos en una actividad común.
Pero en la escuela para ciegos todo fué diferente. La primera noche me fuí a la cama en una ciudad extraña, y en un edificio tan grande como nunca había visto. Fué un edificio con agua corriente, inodoros interiores, electricidad, calefacción a vapor, y un grupo de desconocidos. Como podría aver sido pronosticado me desperté al rededor de las cuatro de la mañana siguiente. No era solamente que estaba completamente despierto, y en un lugar extraño, sino que tenía que ir al baño. (Simplemente tenía que ir). Y no savía donde estaba, y como podía llegar. No creía que debía despertar a nadie más, pero sabía que tenía que hacer algo. Así es que me levanté, y me fuí al pacillo, y empecé a buscar afanosamente. De alguna manera, (No sé como pero lo hice) encontré el baño. Entonces no sabía como regresar a mi cuarto. A este punto sencillamente me recosté en el medio del pacillo y esperé hasta que algo pasara. Fué una experiencia que aún ahora recuerdo vivamente.
Eso no fué todo lo que sucedió ese día. Cuando los otros niños se levantaron, fuí con ellos al baño a lavarme las manos, y la cara, y a alistarme para el día. Uno de ellos (tenía nueve años, y era grande para su edad) me dijo, "Dame tu mano, te enseñaré donde puedes lavarte".
Yo no era muy sofisticado, pero era claro que lo que estaba tratando de hacer era poner mi mano dentro del inodoro. Yo me indigné. Mi madre y mi padre no creían que una persona ciega podía hacer mucho, y me habían restringido mis mobimientos, y acciones, pero me querían, y hasta me habían concentido. Indiscutiblemente, nunca me maltrataron.
Mi cólera se volvió tangible. De un tirón me separé y me resistí, acompañando mis acciones con palabras mayores. El niño de nueve años (de quien después me enteré que su costumbre era maltratar a los niños más pequeños), no estaba nada complacido con que le hubiera arruinado su diversión, y que me le huviera opuesto en presencia de los otros niños. Me golpeó, y en efecto fué la primera de varias palízas que me dió durante los siguientes días.
Estaba claro que, o yo encontraba una forma de resolver el problema, o iba a tener una vida de miseria intolerable. Había un número de niños de seis, y siete años que estaban pasando por los mismos apuros. Me uní a ellos. Lo fuimos a ver en grupo, y esta vez no perdimos la pelea. Solo para estar seguros, seguimos por cierto tiempo hasta que no tuvimos ninguna duda de que habíamos Ganado. Él no nos volvió a molestar jamás.
Fué mi primera lección en la utilidad de la acción colectiva. Tan valiosa experiencia fué, que nunca la he olvidado. Me ha servido de mucho a travez de los años. Ha sido un Consuelo en tiempos difíciles, y estoy seguro que siempre lo será.
Si alguna vez fuera lo suficiente descabellado, como para dudar de la necesidad de la existencia de la Federación Nacional de Ciegos todo lo que tendría que hacer es recordarme de la semana de miseria que pasé cuando tenía seis años, en enero de 1933. Aquel niño de nueve años aunque me opuse, a lo mejor ya pasó a mejor vida, pero me hizo un favor, y me enseñó una lección.
Lo más emocionante al empezar la escuela, fué que al fín aprendería a leer, pero pronto supe que en la Escuela para Ciegos de Tennessee, el Braille era poco disponible. Los libros en Braille estaban controlados estrictamente.
En el primer grado nos permitían leer un libro solamente durante ciertas horas del día, y no nos dejaban llevar libros a nuestros cuartos en la noche, o durante el fín de semana.
Mirando hacia atrás, supongo que en la escuela no tenían muchos libros, y que probablemente pensaban (a lo mejor correctamente) que si nos dejaban sacar los que tenían los mismos serían ocupados más como misiles, que como instrumentos de aprendisaje. Cuando pasamos al segundo grado, nos permitían (si, nos permitían) venir por treinta minutos cada noche al salón de estudios. Esto era lo que los "muchachos mayores" hacían. Nos habían mandado a acostar ignominiosamente a las siete de la noche, mientras los que eran mayores, los (del Segundo, y el tercero de los grados superiores) podían ir a ese lugar misterioso llamado salón de estudio. Los del primer grado, (los "niños pequeños") no estaban en ese nivel ni tenían ese privilegio. Cuando pasamos al tercer grado, todavía no nos permitían llevar libros a nuestros dormitorios, pero nos dejaban aumentar el tiempo en el salón de estudio. Podíamos estar una hora completa cada noche de lunes a viernes. Eso era el pináculo de donde se podía llegar en los grados de primaria.
Cuando pasamos al departamento "intermedio, el (cuarto, quinto, y sexto grado) entonces, si, de verdad estábamos creciendo y nuestra condición, y prestigio aumentó. Nos permitían, deliveradamente (uso la palabra "permitían," en vez de "forzaban") yr por una hora cada noche, de lunes a viernes al salón de studio, y durante ese tiempo podíamos leer libros, or revistas a nuestro gusto. La verdad es que la selección no era grande, pero lo que había disponible lo podíamos leer. Por su puesto no podíamos llevar libros a nuestro dormitorio durante la semana, pero el viernes por la noche, cada niño, (me imagino que las niñas tenían los mismos privilegios) podían llevar un volumen de Braille a su dormitorio por el fín de semana.
Antes de seguir adelante quizás sea mejor que explique el comentario acerca de las niñas. Ellas se sentaban en un lado del cuarto, y los niños en el otro; y ahi del miembro de un sexo que tratara de hablar o escribir notas al de otro. Las niñas, como el Braille, eran difíciles de alcansarse, y por su puesto más deseables a la imaginación. Pero volvamos al principal punto
Como digo, cada niño del departamento "intermedio" podía llevar prestado un volumen de Braille el viernes por la noche. Ahora bien, como cada buen lector de Braille sabe, el Braille es más voluminoso que el impreso; y requiere por lo menos de cuatro a cinco volúmenes de Braille, ( si no más) para hacer un libro. También es un asunto de conocimiento elemental que la gente en general, y los muchachos en particular (si, y quizás las niñas también) están constantemente buscando una forma de " evadir el sistema." ¿Que sistema, cualquier sistema.
Así es que el viernes por la noche, nosotros los niños formábamos lo que hoy se llamaría un consorcio. Uno de nosotros prestaba el volumen primero; y el siguiente prestaba el volumen Segundo; el otro el volumen tercero; et cetera. Con nuestros tesoros apretados contra nuestros pechos nos íbamos al dormitorio, y empezábamos a leer.
Si uno tenía el volumen tercero, (la mitad del libro), ese era el que empezaba a leer. A la larga, leería el principio. Las niñas, y los libros de Braille no eran los únicos artículos que estaban regulados estrictamente en el ambiente que estoy describiendo. Las horas del día, y de la noche estaban comprendidas en la misma categoría. El salón de estudios terminaba a 8:00, y teníamos que estar en el dormitorio acostados a 9:40 que era cuando "la campana del silencio" tocaba. También teníamos que tratar de dormirnos, no de leer.
Pero como ya he dicho, la gente trata de evadir el sistema; y para nosotros que estábamos hambrientos de leer durante la semana, las horas entre el viernes por la noche, y el lunes por la mañana no eran para desperdiciarse. ( A Propósito, aquí debería mencionar que por lo general, no habían radios alrededor, y nos habían prohibido estrictamente con amenaza de expulsión y Dios sabe que más, el salir de los terrenos de la escuela con esepción de un breve periodo el sábado por la tarde, esto, después que ya éramos lo suficientemente grandes, y suponiendo que no teníamos violaciones en nuestro expediente las cuales podían ser borradas nada más que por medio de una sanci'ón.) En otras palabras, los terrenos de la Escuela Para los Ciegos de Tennessee era lo que se puede llamar una comunidad cerrada.
Encontrábamos nuestras diversiones donde podíamos.
Bueno, volvamos al viernes por la noche y el problema de los libros. Reglas son reglas, pero Braille puede leerse tanto debajo de las frasadas, como en cualquier otro lugar; y cuando las luces se apagan y el ruido de los pasos que se acercan es fácil de detectar, es verdaderamente imposible prohibir la lectura y hacer que la prohibición se cumpla. El velador nocturno era regular en sus rondas, y metódico en sus mobimientos. Venía a travez del pacillo cada secenta minutos a la hora exacta, y podíamos saber el tiempo midiendo sus pisadas. (supongo que no tengo que añadir que no teníamos relojes ni de pared ni de puño.)
Después que el velador se había ido de nuestro lugar, nos reuníamos en el baño. (Había un baño para todos los veinticinco de nosotros) y discutíamos lo que habíamos estado leyendo. Aprovechábamos también la ocasión para mantenernos despiertos y cambiar los volúmenes de Braille cuando los habíamos terminado. Esta era una forma interesante de leer un libro, pero aún así, llegábamos a terminarlo y en lugar de sentirnos despojados, o humillados, nos sentíamos regocijados. Estábamos evadiendo al sistema; teníamos libros que leer, que era algo que los niños pequeños no tenían; y estábamos comprometidos con una actividad clandestina colectiva.
Algunas veces, a medida que la noche avanzaba, uno de nosotros se dormía y dejaba de ir a la reunión de cada hora, pero estas eran pequeñas anormalidades y el fin de semana apenas estaba comenzando. El sábado por la mañana, después del desayuno, algunos de nosotros (no todos), continuábamos leyendo en voz alta en grupo. Seguíamos haciéndolo hasta que caíamos dormidos cuando ya no podíamos más. Entonces, volvíamos otra vez a la lectura.
Quiero aclarar algo. Estoy hablando de un patrón general, no de una rutina rígida. Esto no pasaba todos los fines de semana, y aún cuando sucedía, el ritmo no era uniforme, ni el orario preciso. Teníamos tiempo para distracciones como correr, jugar, y de vez en cuando teníamos peleas con piernas.
Como pueden comprender, después de aber estado en la escuela por unas semanas, ya estaba pensando sobre las vacaciones de verano que vendrían con una mezcla de sentimientos. Yo quería a mi familia, pero al estar lejos de la casa, había encontrado estímulo, y nuevas experiencias en mi vida. No deseaba empezar nuevamente con el confinamiento que me esperaba por tres meses en la casa de la granja que solo tenía cuatro cuartos y sin nada que hacer.
Entonces, supe que me iban a enviar una revista de Braille durante los meses de verano . La edición mensual constaba de secenta páginas. Y recibiría una en junio, una en Julio, y una en agosto. ¡Que alegría! Tenía seis años, pero ya savía lo que significaba el aburrimiento, y también había aprendido a planificar. Así es que distribuí la revista en Braille para leer dos páginas cada día. Esto me daba algo Nuevo para cada mañana. Por su puesto, que volví a leerlas, y a releerlas, pero siempre tenía dos páginas nuevas para el día siguiente.
A medida que los años escolares vinieron, y pasaron, yo conseguí otras revistas. Supe de la colección de Braille y los libros hablados de la Bibliotéca del Congreso, y conseguí una máquina para tocar los libros hablados. Para el tiempo en que estaba en séptimo grado ya estaba recibiendo varias revistas en Braille, y ordenando libros de tres diferentes bibliotécas durante el verano. A menudo, leía veinte horas al día. Por su puesto, no todos los días, pero si con frecuencia. Leí, Lo que el Viento se Llevó, La Guerra y la Paz, Zane Grey, y cientos de otros.
Leía cada palabra de cualquier cosa que la bibliotéca me enviaba, y frecuentemente tomaba notas; para ese entonces, yo ya estaba claro que los libros serían mi liberación de la prisión de la granja, y la inactividad. También estaba claro que la Universidad era parte de mi programa, y que de alguna manera iba a entrar en ella. No era solo escapar del encierro ni tener la esperanza de un horizonte más amplio ni pensar en ganar algo. Simplemente, era un amor profundo ,y arraigado a la lectura. El medioambiente que he descrito me preparó para la vida. Yo no sentí por la lectura lo que veo que tanta gente siente ahora por ella. Muchos niños en este tiempo parecen tener la actitud que se les "obligue en vez de que se les permite," ir a la escuela. O que se les "exije," "en vez de que se les dá el privilegio," y el honor de estudiar. Los muchachos de hoy están inundados con material de lectura. No es que sea escasa sino que hay una verdadera confusión. No es algo por lo que hay que esforzarce sino algo que se da por hecho. No quiero que se les quite a los niños ni al público en general, el material de lectura, pero algunas veces pienso que una quemada es tan mala como una conjelada. ¿Que es peor estar privado de libros hasta que se esté hambriento de ellos o estar tan abrumados con ellos que se llega al hastío?
Todo lo que sé es que yo no solo disfruto de lectura, sino que creo que es un deleite que está muy descuidado, y que es un pasaporte principal para el éxito, la perspectiva, la civilización, y posiblemente la supervidencia del ser humano. Me siento extremadamente feliz por que he tenido la oportunidad, y el incentivo de leer tan ampliamente como lo he hecho, y creo que mi vida es mucho mejor por la experiencia que Linda en la diferencia entre vivir y existir.
El mundo de ahora es muy diferente para toda la gente en comparación al de cuando yo era niño. Debido a que hemos trabajado estrechamente entre nosotros así como con personas que tienen su vista, y que generosamente se han preocupado para que esto sea una realidad. Es que es, un mundo mejor con más oportunidades y un futuro mejor para los ciegos. Creo que hay pocos problemas en la vida que no se pueden resolver cuando la gente hace lo que puede por sí misma y se une para ayudar a los otros. Yo estoy muy agradecido por la ayuda que he recibido a lo largo de mi vida, y traté de hacer mi parte para que el mundo sea un lugar mejor para todos nosotros.
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Un Libro KERNEL publicado por La FEDERACIÓN NACIONAL DE CIEGOS
Copyright ©1991 por La Federación Nacional de Ciegos
ISBN 0-9624122-2-8
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Impreso en los Estados Unidos de Norte America
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